Un martes cualquiera
El mismo día, cuatro giros que no se parecen en nada y cuatro problemas distintos. En ninguno hubo una persona atrás resolviéndolo.
Alguien pregunta cuánto cuesta. En el consultorio no llega nadie hasta las diez. Él no va a esperar tres horas: le escribe a otros dos y se queda con el que le conteste primero.
Le dieron el rango, le explicaron los pagos y le apartaron lugar. Recepción llegó a las diez y ya había una cita hecha.
La aseguradora le manda una carta al cliente avisándole que su seguro va a subir de precio. Si el agente no habló antes, el cliente se entera por la carta y llama enojado. Eso ya no es una renovación, es un pleito.
Nadie se puso a buscar fechas en una hoja. El agente habló primero y llegó con la conversación ganada.
Una pareja lo visitó el sábado. No dijeron que no, dijeron que lo iban a pensar. El asesor tuvo cuatro visitas más esa semana y nunca les volvió a escribir. No por flojera: porque a nadie le tocaba acordarse.
Nadie se acordó de volver a escribirles. El sistema lo hizo por la inmobiliaria.
Son casi las doce. El dueño ya está dormido. O se levanta a contestar, o el cliente amanece sin respuesta y se corta el pelo en otro lado.
Le contestaron, le apartaron lugar y quedó anotado. El dueño se enteró desayunando.
Eso es lo que hago: diseño e instalo el sistema que hace ese trabajo. Desde un proceso suelto hasta la operación de varias áreas.
Veinte minutos por llamada. Me cuentas cómo trabajas hoy y te digo qué parte se puede quitar de encima y qué parte no. Si no hay nada que valga la pena, también te lo digo.
Agendar los veinte minutos